Dar testimonio por los que no volvieron: los sobrevivientes en el Juicio a las Juntas

El estreno de Argentina, 1985 vuelve a dar centralidad a la palabra de los exdetenidos-desaparecidos. Cinco de ellos recordaron, en diálogo con Página/12, cómo fueron esos días en los que la búsqueda de justicia le ganó la pulseada al miedo: Miriam Lewin, Pablo Díaz, Gladis Cuervo, Iris Avellaneda y Guillermo Lorusso.

Integrantes de Familiares festejan las perpetuas de Videla y de Massera. Gentileza: Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas- Julio Menajovsky. [Página 12]

Gladis Cuervo solía llevar una aguja de tejer en la cartera en los tiempos en que le tocó declarar ante la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep) o en el Juicio a las tres primeras Juntas. Un día, un grupo de matones se había presentado en la fábrica en la que trabajaba y había amenazado al portero. Otro día la habían seguido en la calle o llamado a la casa que alquilaba. Había entendido el mensaje: no querían que declarara sobre lo que había vivido en el centro clandestino de detención que funcionó en el Hospital Posadas durante la dictadura. Pese al terror, fue una de las cientos de sobrevivientes que declararon en el juicio contra los excomandantes. Su testimonio y los de otros detenidos-desaparecidos vuelven a tomar centralidada partir del estreno de la película Argentina, 1985 –que puso nuevamente en el tapete la discusión sobre el reclamo de verdad y justicia–.


A Gladis la secuestraron en noviembre de 1976 en los pasillos del hospital. Durante semanas estuvo recluida tan solo a unos metros del edificio central, en un chalet que estaba dentro del predio. Después, pasó a una dependencia de la Fuerza Aérea. Muy malherida, logró sobrevivir y reencontrarse con sus dos hijos. Llegada la democracia estaba mirando televisión. Vio que mostraban a Jorge Wattsy que decían que gracias a su testimonio se había podido saber que en un determinado lugar había funcionado un centro clandestino –el Vesubio–. “Pucha –pensó. Si yo no digo lo del Posadas no se va a saber”. Les preguntó a sus hijos si debía ir a la Conadep. Su hija mayor, Andrea, la acompañó. Nada fue fácil.


– ¿Qué pasa, señora?-- le preguntó con fastidio Luis Moreno Ocampo cuando ella golpeaba sin pausa la puerta de la fiscalía.


– Déjeme pasar que estoy con un represor– le imploró. Se acaba de cruzar en el pasillo de Tribunales con un exintegrante de la Armada que oficiaba de coordinador del grupo de tareas que operaba en el Posadas.